martes, julio 08, 2008

Kureishi y el rock (ponencia dictada en abril del 2008 durante el 2do Coloquio de Estudiantes de Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras)

El Londres underground de finales de la década de los 60 y de principios de los 70 seguramente fue un lugar muy interesante. Kureishi aborda ese mundo fantástico desde su propia vivencia, pero sin romantizar el Londres de su juventud. A través de una mirada profunda nos transporta a esos antros llenos de luces, de chicos con el cabello largo, de magníficas interpretaciones musicales.

Los 60 se caracterizaron por la oposición a la Guerra de Vietnam, el uso de drogas, el sexo libre, la adopción de doctrinas orientales y el rock. Todas estas características se hallan conjugadas en El buda de los suburbios. Al hablar del surgimiento del rock un crítico dice:

La historia, en realidad, comienza en Estados Unidos. Revolución
psicodélica, espectáculos totales, proyecciones, estroboscopios, luces negras,
drogas, muchas drogas. Los hippies, McLuhan, las nuevas tribus. De todo aquello
sólo nos quedan la resaca y la ausencia de neuronas. También algunos cadáveres.
Y algo de música. […]
Los ecos de la ex colonia americana terminarían por
ensordecer a la capital británica que sin embargo buscaría sus propias señas de
identidad. […]
No sólo los efluvios norteamericanos se hicieron patentes.
Los hippies revisitaban Oriente. La comida, la vestimenta e incluso los
instrumentos de India, Paquistán [sic.] y Afganistán comenzaron a circular por
las calles londinenses. Era como si Los vagabundos del Dharma de Jack Kerouac
fuera, más que una novela, una profecía.
[1]


El protagonista, Karim Amir, es el eco vivo de las últimas afirmaciones, ya que es hijo de un emigrado paquistaní. Su padre es absorbido por una sociedad obsesionada por el budismo, al ser un nativo de aquellos exóticos lugares, adquiere una popularidad inusitada, sarcásticamente Kureishi comenta: «En casa, papá se habría reído de todo aquello; sin embargo, ahora que se encontraba metido de lleno en ello, tenía todo el aspecto de no haberlo pasado mejor en su vida: dominaba la conversación, hablaba muy alto, interrumpía a todo el mundo y tocaba a todo aquel que estuviera a su alcance».[2] Karim parece no interesarse por esa supuesta espiritualidad, todo lo que le importa es la música y un chico llamado Charlie, ambos continuamente asociados el uno con el otro.

El rock británico surge en este ambiente lleno de orientalismo, de sexo y de drogas. Este género aparece primero en Estados Unidos como un derivado del jazz pero, una vez en Inglaterra, se modifica, deja de ser una música bailable y se convierte en una expresión de los músicos ingleses:

Robert Wyatt, baterista de Soft Machine, a un tiempo la madre del rock progresivo y de la música psicodélica inglesa, lo explicaba así: «Casi todos los grupos de música pop, aquí o en Estados Unidos, fabrican indefinidamente sonidos y melodías para entregar al consumo, bajo
formas más o menos nuevas, las mismas emociones fáciles de identificar y de
asimilar por el público. Nosotros queremos romper con esta imagen y este
concepto, reencontrar el espíritu del jazz, es decir, una expresión auténtica,
salvaje, pero esta vez nuestra, no la de los negros». Si el blues y el jazz eran
de los negros, el rock sería de los blancos… y de Jimi Hendrix.
[3]

Tal vez la excepción más clara a esto sea el mismo Karim, que es una combinación de ambos elementos. Charlie al principio se burla de su gusto por los Rolling Stones y lo invita a escuchar verdadera música, el álbum Ummagumma de Pink Floyd.[4] La presencia del grupo británico y la de Bowie serán constantes. Al último se le menciona con un halo de respeto, así como una figura apoteótica, un ser que merece ser adorado:

Eso era la influencia de Bowie, lo sabía. Bowie, que por aquel
entonces todavía se llamaba David Jones, había estudiado en nuestra escuela
hacía ya varios años y ahí, en una fotografía de grupo tomada en los comedores,
se reconocía su cara. A menudo se veía a chavales arrodillados delante de aquel
icono, rezando por convertirse en estrellas del pop y librarse así de una vida
de mecánico, empleado de una agencia de seguros o arquitecto.
[5]

Bowie, definido con tan pocas palabras en la novela de Kureishi, representa la imagen perfecta del rock-star. No es para menos, no es sólo la música lo que le ha dado fama, es su misma apariencia, sus actitudes en el escenario, su camaleónica personalidad: «[…] Bowie ha encarnado a lo largo de su vida a un personaje clásico, tan emblemático como algunos de los protagonistas de los relatos surgidos en las corrientes alemanas del romanticismo en la literatura o del expresionismo en el cine»,[6] así el músico británico ha traspasado las fronteras de la música, el teatro y el cine con su arrolladora naturaleza y personajes como Ziggy Stardust, Aladdin Sane o Jareth, el rey de los duendes. Bowie es la estrella de rock que todos quisieran ser, sobre todo Charlie:

Uno de los chicos del grupo era Charlie, que por primera vez desde
hacía semanas se había molestado en pasar por la escuela. Destacaba del resto de
la pandilla por su pelo plateado y zapatos de plataforma. No estaba tan
atractivo y tenía un aspecto menos poético; la expresión se le había endurecido
con el pelo corto y tenía los pómulos más marcados.
[7]


Kureishi señala que Charlie era el único con posibilidades de llegar a acercarse a tan elevada meta: «Pero salvo Charlie, ninguno de nosotros tenía grandes expectativas. Teníamos más bien una combinación de tristes expectativas y esperanzas locas […]».[8] Esto explica la actitud algo pretenciosa del personaje. La posición que había logrado alcanzar con su banda era envidiable para los demás chicos:

[…] Charlie no era sólo una estrella en nuestro colegio, sino que
iluminaba también otras escuelas, especialmente las femeninas. Había chicas que
no se perdían ni una sola actuación de Mustn’t Gruble sólo por estar cerca del
chico y grababan todos sus conciertos con magnetófonos portátiles. Las pocas
fotografías que había de Charlie pasaban de mano en mano hasta que se deshacían
de puro sobadas. Al parecer, hasta le habían ofrecido un contrato discográfico,
que el Pez había rechazado porque todavía no les consideraba suficientemente
buenos. Según el Pez cuando fueran buenos de verdad se convertirían en uno de
los grupos más famosos del mundo. No podía dejar de preguntarme si Charlie
estaba convencido de eso de verdad, si era algo que sentía o si se limitaba a
vivir la vida, día a día, tan asqueado y perplejo como todo el mundo.
[9]

Se había convertido de la noche a la mañana en un pequeño rock-star y actuaba como una gran estrella del espectáculo, sin serlo todavía. El comportamiento de Charlie era pose, sólo su carisma lo había llevado hasta ese lugar, pero no había llegado a ser un artista de verdad, no podía crear algo verdaderamente ingenioso porque se limitaba a copiar a una sola persona. Diego Fischerman hace una aproximación semejante en Bowie, pues señala: «En Bowie, en todo caso, hay un estilo que pasa, además de por su voz y su fraseo absolutamente inconfundibles, precisamente por su capacidad de apropiarse –para vampirizar– estilos ajenos».[10] Lo que hace diferente a Bowie de Charlie es su constante cambio de propuesta, su adelanto a las modas, mientras que Charlie va siempre detrás de aquello que pueda colocarlo en un lugar privilegiado, hace música porque no es capaz de hacer otra cosa sin sacrificar su propio estilo de vida. «A Charlie le gustaba dormir un día aquí y otro allá, sin las ataduras de las pertenencias y sin vivir en un sitio fijo, acostándose con quien le apetecía. A veces, hasta ensayaba y componía canciones. No vivía en un frenesí desesperado, sino emocionado ante una vida tan intensa».[11] Sin embargo, no habría podido llevar este tipo de vida si no tuviese alguien o algo de que mantenerse, la música simplemente formaba parte de ese modus vivendi como cualquier otra cosa.

Esta actitud conduce a que nadie lo tome en serio, sólo lo consideran una cara bonita, un producto que atrae chicas. Ante semejante trato se vuelve cada día más soberbio y sus ínfulas de rock-star crecen:

El fracaso había convertido a Charlie en un arrogante. […] Era de
una afectación digna de un estudiante de Oxford […]. Era orgulloso, desdeñoso,
evasivo y generoso con según quién. Se empeñaba en dar a entender que, muy
pronto, una poesía que dejaría al mundo deslumbrado saldría catapultada de su
cabeza, como ya había ocurrido con otros chavales ingleses: Lennon, Jagger,
Bowie.
[12]

Esta insolencia se muestra en toda su plenitud cuando Karim le pide entrar a la banda. A continuación se burla de él y le concede trabajo de tramoyista, pero Karim simplemente esperaba una oportunidad para desquitarse de los continuos desplantes de su amigo: «[…] cuando descubrí su punto débil –ese deseo de pertenecer al club de los llamados Genios– supe que lo tenía en un puño».[13] Y consigue hacerlo al golpear a Charlie en lo que más le duele:

–Pero ¿a qué viene tanta prisa? –repuse–. No vas a ninguna parte:
ni como grupo, ni como persona.
Charlie me miró desconcertado, mientras se
acariciaba y atusaba el pelo como era su costumbre, sin saber si estaba
bromeando o no.
–¿Qué quieres decir con eso?
Listo: lo tenía en el puño.
Se iba a enterar.
–¿Qué quiero decir?
–Sí –repuso.
–Pues que para
llegar a alguna parte hay que tener talento, Charlie. Hay que tener algo aquí
arriba. –Y me di unos golpecitos en la frente–. Y a la vista está que un
farsante como tú no lo tiene. Eres guapo y todo lo demás, eso hay que
reconocerlo; pero lo que haces no me maravilla, y yo necesito que las cosas me
maravillen. Ya me conoces. Me tienen que dejar prácticamente sin aliento, y no
me dejas sin aliento en absoluto. Nada de eso.
[14]

El deseo de fama y reconocimiento de Charlie lo lleva a convertirse en una gran estrella del punk. Al observarlo por primera vez se da cuenta que no tiene necesidad de ser talentoso para brillar en esta música, bastaba con su pose y tocar tres acordes, no necesitaba ser un virtuoso o un genio, sólo requería de su propio carisma, de su rostro y su personalidad. Tampoco precisaba expresar su desagrado con las instituciones, bastaba con hacer música para vender y venderse él mismo, nadie sabía hacerlo mejor:

En el escenario llevaba cuero negro, hebillas plateadas, cadenas y
collares de púas y al final de la actuación siempre acababa con el torso
desnudo, delgado y pálido como Jagger, paseando su cuerpo desgarbado por
escenarios espaciosos como hangares como un jugador de baloncesto insolente.
Gustaba entre la gente que tenía más dinero para gastar, homosexuales y jóvenes,
y su último disco, «Kill For DaDa», todavía estaba en las listas, a pesar de que
habían transcurrido varios meses desde su lanzamiento.
Con todo, el sentido
de amenaza se había disipado. Su fiereza era postiza y la música, ya bastante
anodina de por sí, había perdido todo su dramatismo y agresividad al salir de
Inglaterra y dejar atrás el desempleo, las huelgas y el antagonismo de
clases.
[15]

Así se describe el gran golpe que recibió el punk al salir de su lugar de origen. Se convirtió en un producto de consumo para jóvenes insatisfechos que deseaban sentirse duros por unos momentos, no era ya más que una pantomima y una copia del espíritu que lo había creado, se había convertido en prácticamente una replica de gritos hasta la saciedad, en mera forma ya desprovista de alma, y nada puede privar a la música de su expresión como eso.

Charlie lo sabía y se daba cuenta de que nunca llegaría a componer nada como sus héroes: Bowie y Pink Floyd. Ellos explotaban hasta las raíces sus expresiones, su comportamiento no era simplemente una posición con el fin de agradar, cada fragmento de sus personas formaba parte del arte. Un arte total en palabras de Fischerman:

[…] el otro elemento consustancial al rock que Bowie cristaliza es
la teatralidad –y la teatralización– del sonido. Si hubo algo, después de
Wagner, que aspiró a la idea de «arte total» fue el rock. En pocos lenguajes se
fractura tanto como en el rock la idea de «música absoluta». Aun en las
expresiones en que los aspectos sonoros son más pregnantes, es casi imposible
separarlos de su puesta en escena. Esa puesta en escena no es, desde ya, sólo lo
que los músicos hacen en el escenario, sino los aspectos gráficos del disco, la
vestimenta del músico, la mezcla, distribución y espacialización del sonido y,
encarnando un antiguo ideal romántico, la manera en que el artista se convierte
a sí mismo en la principal de sus obras. Decidir qué es extramusical en el rock
es, simplemente, tratar de constreñirlo a modelos de análisis que le son
totalmente ajenos. Y, sobre todo, es inútil, además de imposible. Bowie
eventualmente es la mejor prueba posible de esa imposibilidad.
[16]

Charlie tal vez no comprendía esta consustancialidad del rock o la entendía mal, trataba de ser exactamente igual a Bowie, se había convertido en una simple copia de un gran músico, cargaba con la frustración de saber que no era excepcional. Aunque los grandes artistas son imitadores, como escribió Aristóteles; siempre terminan por encontrar su propia voz. Charlie nunca pasó de ser un simple imitador. Estaba consciente y eso lo frustraba: «Charlie sabía que su grupo no tenía nada de especial. Su única baza era aquel impresionante cantante-guitarrista, de pómulos delicados y pestañas de niña, al que le pedían que posara para las revistas de moda, pero no que actuara en el Albert Hall».[17] La única virtud de Charlie era su arrolladora personalidad, pero él mismo sabía que no tenía ni una pizca de genio y esto lo convertía en un hombre que le escupía en la cara a cualquiera al tratar de aferrarse a los pocos éxitos que había tenido.

Su intento fracasado de ser un gran artista le da relieve al personaje, con el tiempo transforma su propio conocimiento de la inutilidad de su pretensión en una posibilidad para aprender más y convertirse en una persona más humana:

En Nueva York no se avergonzaba de su ignorancia: quería aprender,
quería dejar de mentir y echar faroles. […] Ya no estaba tan inquieto,
desagradable ni malhumorado como lo recordaba. Ahora que había alcanzado la
cumbre ya no tenía por qué mirar hacia arriba con envidia: podía dejar a un lado
la ambición y comportarse de un modo más humano.
[18]

Logró comprender su escasa posición como músico, sabía muy bien que lo que hacía era basura, pero gracias a eso pudo llevar la vida que siempre había deseado, sin embargo siguió admirando por sobre todo a los genios como Bowie. Sabía que no podía crear nada innovador, lo admitía de buena gana: «La música no vale mucho, ¿no? Pero es que no soy un Bowie y no te creas que no lo sé».[19]

Así, la imagen del Camaleón aparece siempre en la novela como la del músico ideal, el representante del rock por excelencia. No es para menos: «Bowie trabaja siempre con el mismo tipo de matriz melódica. Una matriz que proviene, sin duda, de la vieja usina pop del Londres sesentista y sus relecturas, conscientes o no, de la canción inglesa».[20] Es esta urbe la que Kureishi inmortaliza en El buda de los suburbios y no hay mejores representantes de aquella época que Bowie y Pink Floyd, sobre todo este último que es visto como un culto para iniciados,[21] colocado por encima de bandas como The Who y The Rolling Stones, porque representa más que nada el Londres de ese tiempo, como señala Mikal Gilmore:

La mejor parte de Pink Floyd surgió de una confluencia de las
ambiciones de la banda con el ascendente movimiento juvenil de Londres. Tanto la
experimentación como un novedoso sentido del papel desempeñado socialmente por
los jóvenes se volvieron parte no sólo de la cultura popular sino de la vida
diaria. En Londres, de 1965 a 1968, todo esto urdió un movimiento conocido como
el underground londinense. Voluntaria o involuntariamente, Pink Floyd, más que
cualquier otra banda –más aún que The Beatles, por ejemplo–, se convirtió en la
médula sónica, en la banda de la casa de dicho movimiento.
[22]

El Londres que describe Kureishi es una ciudad multirracial, llena de música, sexo y drogas, pero es más que eso, es la ilusión de la verdadera vida, sobre todo para Karim: «Ya en la cama, antes de dormir, fantaseé sobre Londres y lo que iba a hacer allí cuando la ciudad me perteneciera. Londres tenía un sonido propio, el de la gente que tocaba los bongos en Hyde Park, pero también el de los teclados en “Light My Fire” de los Doors».[23] Es ese sonido el que se cristaliza en todo El buda de los suburbios. Pero también es el del auto-descubrimiento.

En la obra se descubren los mundos del rock, del teatro y de la espiritualidad. Analizar cada uno de los aspectos del Buda de los suburbios sería una tarea muy prolongada y éste no es el espacio para hacerlo, sólo puedo decir que el libro habla de un viaje a través de diversas situaciones, y el descubrimiento, por medio de los elementos mencionados, de la propia existencia: «Me puse a pensar en el pasado y recordé todo lo que había vivido hasta encontrarme a mí mismo y aprender a conocer el corazón de la gente. Quizá en el futuro pueda vivir más conscientemente».[24]

La música, el teatro y la espiritualidad son los caminos que toma Karim, cada uno de ellos tuvo su lugar en el rock, en esa música inquietante que tambaleó todo el mundo occidental. El rock fue una búsqueda para restablecer los ideales de la obra de arte, recuperar una música con sentido que llegara hasta el fondo de los corazones mediante agudos acordes de guitarra, letras líricas y un espectáculo de luz y sonido que se acercaba muchísimo a los modelos tanto nietzscheanos como artaudianos.

Para finalizar:

Toda obra de arte debe ser inquietante. Es más, podría pensarse que
su valor es directamente proporcional a su poder de sacar a alguien de la
quietud. De la costumbre. Una nota –un sonido– donde no se lo espera, un
crescendo que culmina en un pianissimo –la orquesta en «A Day in the Life» del
ahora cuadragenario Sgt. Pepper’s– o, ni más ni menos, la voz de David Bowie
[…].
[25]

También podría agregar los solos de guitarra de Pink Floyd, las obras de teatro de Beckett y, ¿por qué no?, el mismo Buda de los suburbios. Me atrevo a afirmar que si hay un libro inquietante escrito en las últimas décadas sin duda es éste.

BIBLIOGRAFÍA:

KUREISHI, Hanif, El buda de los suburbios, traducción de Mónica Martín Berdagué, Barcelona, Anagrama, 1994. (Col. Compactos, 85).

CABRAL, Nicolás, «Pink Floyd. Del espacio sideral a un yate en el Tamésis», en Edición especial de La mosca en la pared, año 1, núm. 7, enero de 2004.
CERVANTES, Abel, «Bowie y sus dobles», en La tempestad edición universitaria, año 3, núm. 20, octubre de 2007.
FISCHERMAN, Diego, «El estilo del vampiro», en La tempestad edición universitaria, año 3, núm. 20, octubre de 2007.
GILMORE, Mikal, «Pink Floyd. Su mandato y su majestuosidad», en Rolling Stone México, año 5, núm. 57, julio de 2007.

[1] Nicolás Cabral, «Pink Floyd. Del espacio sideral a un yate en el Tamésis», en Edición especial de La mosca en la pared, enero de 2004, p. 6
[2] Hanif Kureishi, El buda de los suburbios, 1, p. 20.
[3] Nicolás Cabral, loc. cit.
[4] Vid. Hanif Kureishi, loc. cit., p. 23.
[5] Op. cit., 5, p. 92.
[6] Abel Cervantes, «Bowie y sus dobles», en La tempestad edición universitaria, octubre de 2007, p. 20.
[7] Hanif Kureishi, loc. cit.
[8] Ídem.
[9] Ibíd., p. 101.
[10] Diego Fischerman, «El estilo del vampiro», en La tempestad edición universitaria, octubre de 2007, p 17.
[11] Hanif Kureishi, op. cit., 8, p. 153.
[12] Ibíd., p. 155.
[13] Loc. cit., p. 157.
[14] Ibíd., pp. 157-158.
[15] Op. cit., 17, p. 317.
[16] Diego Fischerman, loc. cit.
[17] Hanif Kureishi, op. cit., 8, p. 154.
[18] Ibíd., 17, p. 319.
[19] Loc. cit., p. 317
[20] Diego Fischerman, loc. cit.
[21] Vid. Hanif Kureishi, op. cit., 1, p. 15.
[22] Mikal Gilmore, «Pink Floyd. Su mandato y su majestuosidad», en Rolling Stone México, julio de 2007, p. 34.
[23] Hanif Kureishi, op. cit., 8, p. 158.
[24] Ibíd., 18, p. 365.
[25] Diego Fischerman, loc. cit., p. 16.