miércoles, julio 11, 2007

La belleza nueva de Dostoyevski (por Marcel Proust)

Esa belleza nueva es siempre idéntica en todas las obras de Dostoyevski: la mujer de Dostoyevski (tan particular como una mujer de Rembrandt), con su rostro misterioso cuya belleza afable se transforma de pronto, como si hubiera representado la comedia de la bondad, en una insolencia terrible (aunque, en el fondo, parece ser más bien buena), ¿no es siempre la misma, ya se trate de Nastasia Filippovna escribiendo cartas de amor a Aglae y confesándole que la odia, o, en una visita enteramente idéntica a ésta –también aquella en que Nastasia Filippovna insulta a los padres de Gania–, Gruchenka, tan gentil con Katerin Ivanovna (y aunque Gruchenka fuera buena en el fondo)? Gruchenka, Nastasia: figuras tan originales, tan misteriosas, no sólo como las cortesanas de Carpaccio, sino como la Betsabé de Rembrandt. Observa que seguramente no supo que ese rostro deslumbrante, doble, con bruscos eclipses del orgullo, hace ver a la mujer como no es («Tú no eres ésa», dice Mishkin a Nastasia en la visita a los padres de Gania, y Alioscha podía decírselo a Gruchenka en la visita a Katerin Ivanovna). Y, en cambio, cuando quiere tener «ideas de cuadros», son siempre estúpidos y darían a lo sumo los cuadros en que Mishkin pretende que veamos un condenado a muerte en el momento en que, etc., la Virgen en el momento en que, etc. Pero volviendo a la belleza nueva que Dostoyevski ha dado al mundo, así como en Ver Meer hay creación de cierta alma, de cierto color de las telas y de los lugares, en Dostoyevski no hay sólo creación de seres, sino de moradas, y la casa del asesinato en Los hermanos Karamazov, con su dvornik, ¿no es tan maravillosa como la obra maestra de la casa del crimen en Dostoyevski, esa oscura, y tan larga, y tan alta, y tan vasta casa de Rogochin donde éste mata a Nastasia Filippovna? Esa belleza nueva y terrible de una casa, esa belleza nueva y mixta de un rostro de mujer, eso es lo que Dostoyevski ha aportado de único al mundo, y las comparaciones que unos críticos literarios pueden hacer entre él y Mogol, o entre él y Paul de Kock, no tienen ningún interés, porque son ajenas a esa belleza secreta. Además he dicho que de una novela a otra es la misma escena, pero es que dentro de una misma novela, si es muy larga, se reproducen las mismas escenas, los mismos personajes. Podría demostrarlo muy fácilmente en La Guerra y la Paz y cierta escena en un coche…
Dostoyevski en vez de presentar las cosas en el orden lógico, es decir, empezando con la causa, nos muestra en primer lugar el efecto, la ilusión que nos impresionó; así presenta Dostoyevski sus personajes. Sus actos nos parecen tan engañosos como esos efectos de Elstir en los que el mar parece que está en el cielo. Cuando después nos enteramos que aquel hombre ladino es el fondo muy bueno, o al contrario nos quedamos muy sorprendidos.
¿Dostoyevski asesinó a alguien? Todas las novelas suyas que conozco se podrían titular Crimen y Castigo. Es una obsesión, no es natural que hable siempre de eso.
No lo creo, aunque conozco mal su vida. Desde luego, como todo el mundo, conoció el pecado, en una forma o en otra, y probablemente en una forma que las leyes prohíben. En este sentido debía de ser un poco criminal, como sus héroes, que, por lo demás, no lo son del todo, pues se les condena con circunstancias atenuantes. Y quizá no valía la pena que fuera criminal, es posible que a los creadores les tienten ciertas formas de vida que no han experimentado personalmente.
De todos modos reconozco que en Dostoyevski esta preocupación del asesinato tiene algo de extraordinario y me lo hace muy extraño. Ya me deja bastante estupefacto oír decir a Baudelaire:

Si le viol, le poison, le poignard, l’incendie…
C’est que notre âme, hélas! N’est pas assez hardie[1]

Pero de Baudelaire puedo al menos creer que no es sincero. Mientras que Dostoyevski… Todo eso me parece lejísimos de mí, a menos que haya en mí partes que ignoro, pues nos vamos conociendo sucesivamente. En Dostoyevski encuentro pozos demasiado profundos, pero en algunos puntos aislados del alma humana. Pero es un gran creador. En primer lugar, el mundo que pinta parece verdaderamente creado por él. Todos esos bufones que reaparecen siempre, todos esos Lebedev, Karamazov, Ivolguin, Segrev, ese increíble cortejo es una humanidad más fantástica que la que puebla La ronda de la noche de Rembrandt. Y sin embargo quizá sólo es fantástica, de la misma manera, por la luz y por el traje, y en el fondo es corriente.
En todo caso, es a la vez una humanidad llena de verdades, profunda y única, propia exclusivamente de Dostoyevski. Eso, esos bufones, es cosa que ya no tiene empleo, como ciertos personajes de la comedia antigua, y, sin embargo, ¡qué bien revelan aspectos verdaderos del alma humana! Lo que me fastidia es la manera solemne en que se habla y se escribe sobre Dostoyevski. ¿Te has fijado en el papel que el amor propio y el orgullo desempeñan en sus personajes? Se diría que, para él, el amor y el odio más encarnizado, la bondad y la tristeza, la timidez y la insolencia, no son más que dos estados de una misma naturaleza; el amor propio, el orgullo, impiden a Aglaya, a Nastasia, al capitán a quien Mitia tira de la barba, a Krasotkin, el enemigo-amigo de Alioscha, mostrarse tales como son en realidad. Pero hay muchas otras grandezas.
Yo conozco muy pocos libros suyos, pero ¿no es un movimiento escultórico y simple, digno del arte más antiguo, un friso interrumpido y luego continuado en el que se representan la venganza y la expiación, el crimen del padre de los Karamazov dejando embarazada a la pobre loca, el movimiento misterioso, animal, inexplicable, con el que la madre, involuntario instrumento de las venganzas del destino, obedeciendo tan oscuramente a su instinto de madre, quizá a la mezcla de resentimientos y de gratitud física por el violador, va a dar a luz en casa del padre de los Karamazov?
Este primer episodio, misterioso, grande, augusto, como una creación de la mujer en las esculturas de Orvieto. Y como réplica el segundo episodio, más de veinte años después, la muerte del padre de los Karamazov, la infamia que cae sobre la familia Karamazov por obra del hijo de la loca, Smerdiakov, seguida poco después de un mismo acto tan misteriosamente escultórico e inexplicado, de una belleza tan oscura y natural como el alumbramiento en el jardín del padre de los Karamazov: Smerdiakov ahorcándose, después de realizar su crimen. En cuanto a Dostoyevski, yo no le dejaba tanto como tú crees al hablar de Tolstoi, que le imitó mucho. Y en Dostoyevski han concentrado, todavía contraído y gruñón, mucho de los que se desarrollará en Tolstoi. En Dostoyevski hay esa tosquedad anticipada de los primitivos que los discípulos aclararán.

Marcel Proust
[1] Cuando la violación, el veneno, el puñal, el incendio…
Es, ¡ay!, que nuestra alma no es bastante animosa.

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