miércoles, julio 11, 2007

La impresión en el arte

Durante años me he preguntado ¿qué hace a una obra de arte lo que es? Después de largo tiempo de las más diversas reflexiones, lecturas y confrontaciones con obras de todos los géneros, creo que he llegado a algo. Por supuesto nada es concluyente y no esperaría que mis propuestas fueran tomadas como premisas, son sólo conclusiones de largos razonamientos que ocurrieron en mi cabeza, ninguno de ellos serio por lo demás.
El epígrafe de un cuento de Cortázar dice así: Come realtà, un ingiorgo automobilistico impresiona ma non si dice gran che. Creo que ahí está el punto central de todo. Siempre me ha interrogado esa parte final (impresiona ma non si dice gran che) y pienso que esta es la razón: las formas de arte son subjetivas e impresionistas. Nuestra realidad misma lo es también, así como la estética, es ahí donde se relaciona el arte que depende de esta última para desarrollarse.
La estética innegablemente es subjetiva sin embargo depende de un criterio básico para ser descubierta: la forma en que impresiona. Un embotellamiento llega a ser estético en la medida en que impresiona al observador subjetivo. Recuerdo cierta pintura de Pieter Brueghel el Joven que pese a las inenarrables imágenes monstruosas que observé me impresionó largo rato, lo cual convertía al cuadro en estético y no la belleza que pudiese poseer. Un sádico asesinato puede llegar a ser más estético que un atardecer si impresiona mucho más al espectador, es ahí donde surge el subjetivismo que depende del impresionismo y viceversa.
Una mujer hermosa llega a ser estética porque impresiona su belleza, pero ello no la convierte en un objeto de arte. Vuelvo a Arrigo Benedetti y su frase para determinar éste: un embotellamiento es estético pues impresiona pero no dice gran cosa. Es ahí donde surge el arte, ese algo que impresiona y a la vez dice algo grandioso que muchas veces no podemos definir debido a la fuerte impresión que nos ha causado.
Llegando más adentro puedo decir lo siguiente: el arte deriva de un doble subjetivismo. Esto se descubre en esta noción de las cosas, el artista (músico, escritor, pintor) ha sido severamente impresionado por algo que podría no causar esa sensación más que en él y a su vez la traduce en notas, lenguaje e imágenes que impresionan a su vez a otro observador subjetivo…
Volvamos a ocuparnos del gran che. Hay miles de trabajos que impresionan a miles de personas y se hacen pasar por arte –especialmente estoy hablando de la industria de la música, con millones de lanzamientos de miles de grupos que cantan letras vacías y tocan riffs de guitarra desprovistos de originalidad– pero lo que hace que carezca de un elemento artístico es lo siguiente: no dicen gran cosa. Lo que diferencia una obra de arte de algo que pretende hacerse pasar por tal es la forma en que impresiona y más aún lo que dice sin decir. En la copia barata todo está en la superficie, puede verse a las claras, lo que dice por fuera es lo único que dice. En el arte no ocurre de esa manera, siempre hay algo oculto que no se ve, el observador vuelve a impresionarse una y otra vez porque no descubre ese gran che pese a que sabe que ahí está. Lo que diferencia a un artista de uno que no lo es radica en su forma de decir las cosas, ya he dicho que el arte pasa por dos fases de subjetividad e impresionismo, el ojo del artista es el capaz de percibir el gran che de las cosas, que a su vez traduce de una forma diferente y nueva que vuelve a impresionar al espectador. Eso es todo.
La impresión y el gran che son los dos elementos que se unen para transformar cualquier cosa en arte –que reside en los ojos del artista o en su mente–, muchas veces cosas sólo estéticas sin ningún gran che reciben el elemento que les falta y se transforman en auténticas formas de arte, en otras encontramos la obra de arte deriva de la anterior, el triple subjetivismo, el gran che derivado del gran che, la impresión derivada de la impresión ad infinitum.

La belleza nueva de Dostoyevski (por Marcel Proust)

Esa belleza nueva es siempre idéntica en todas las obras de Dostoyevski: la mujer de Dostoyevski (tan particular como una mujer de Rembrandt), con su rostro misterioso cuya belleza afable se transforma de pronto, como si hubiera representado la comedia de la bondad, en una insolencia terrible (aunque, en el fondo, parece ser más bien buena), ¿no es siempre la misma, ya se trate de Nastasia Filippovna escribiendo cartas de amor a Aglae y confesándole que la odia, o, en una visita enteramente idéntica a ésta –también aquella en que Nastasia Filippovna insulta a los padres de Gania–, Gruchenka, tan gentil con Katerin Ivanovna (y aunque Gruchenka fuera buena en el fondo)? Gruchenka, Nastasia: figuras tan originales, tan misteriosas, no sólo como las cortesanas de Carpaccio, sino como la Betsabé de Rembrandt. Observa que seguramente no supo que ese rostro deslumbrante, doble, con bruscos eclipses del orgullo, hace ver a la mujer como no es («Tú no eres ésa», dice Mishkin a Nastasia en la visita a los padres de Gania, y Alioscha podía decírselo a Gruchenka en la visita a Katerin Ivanovna). Y, en cambio, cuando quiere tener «ideas de cuadros», son siempre estúpidos y darían a lo sumo los cuadros en que Mishkin pretende que veamos un condenado a muerte en el momento en que, etc., la Virgen en el momento en que, etc. Pero volviendo a la belleza nueva que Dostoyevski ha dado al mundo, así como en Ver Meer hay creación de cierta alma, de cierto color de las telas y de los lugares, en Dostoyevski no hay sólo creación de seres, sino de moradas, y la casa del asesinato en Los hermanos Karamazov, con su dvornik, ¿no es tan maravillosa como la obra maestra de la casa del crimen en Dostoyevski, esa oscura, y tan larga, y tan alta, y tan vasta casa de Rogochin donde éste mata a Nastasia Filippovna? Esa belleza nueva y terrible de una casa, esa belleza nueva y mixta de un rostro de mujer, eso es lo que Dostoyevski ha aportado de único al mundo, y las comparaciones que unos críticos literarios pueden hacer entre él y Mogol, o entre él y Paul de Kock, no tienen ningún interés, porque son ajenas a esa belleza secreta. Además he dicho que de una novela a otra es la misma escena, pero es que dentro de una misma novela, si es muy larga, se reproducen las mismas escenas, los mismos personajes. Podría demostrarlo muy fácilmente en La Guerra y la Paz y cierta escena en un coche…
Dostoyevski en vez de presentar las cosas en el orden lógico, es decir, empezando con la causa, nos muestra en primer lugar el efecto, la ilusión que nos impresionó; así presenta Dostoyevski sus personajes. Sus actos nos parecen tan engañosos como esos efectos de Elstir en los que el mar parece que está en el cielo. Cuando después nos enteramos que aquel hombre ladino es el fondo muy bueno, o al contrario nos quedamos muy sorprendidos.
¿Dostoyevski asesinó a alguien? Todas las novelas suyas que conozco se podrían titular Crimen y Castigo. Es una obsesión, no es natural que hable siempre de eso.
No lo creo, aunque conozco mal su vida. Desde luego, como todo el mundo, conoció el pecado, en una forma o en otra, y probablemente en una forma que las leyes prohíben. En este sentido debía de ser un poco criminal, como sus héroes, que, por lo demás, no lo son del todo, pues se les condena con circunstancias atenuantes. Y quizá no valía la pena que fuera criminal, es posible que a los creadores les tienten ciertas formas de vida que no han experimentado personalmente.
De todos modos reconozco que en Dostoyevski esta preocupación del asesinato tiene algo de extraordinario y me lo hace muy extraño. Ya me deja bastante estupefacto oír decir a Baudelaire:

Si le viol, le poison, le poignard, l’incendie…
C’est que notre âme, hélas! N’est pas assez hardie[1]

Pero de Baudelaire puedo al menos creer que no es sincero. Mientras que Dostoyevski… Todo eso me parece lejísimos de mí, a menos que haya en mí partes que ignoro, pues nos vamos conociendo sucesivamente. En Dostoyevski encuentro pozos demasiado profundos, pero en algunos puntos aislados del alma humana. Pero es un gran creador. En primer lugar, el mundo que pinta parece verdaderamente creado por él. Todos esos bufones que reaparecen siempre, todos esos Lebedev, Karamazov, Ivolguin, Segrev, ese increíble cortejo es una humanidad más fantástica que la que puebla La ronda de la noche de Rembrandt. Y sin embargo quizá sólo es fantástica, de la misma manera, por la luz y por el traje, y en el fondo es corriente.
En todo caso, es a la vez una humanidad llena de verdades, profunda y única, propia exclusivamente de Dostoyevski. Eso, esos bufones, es cosa que ya no tiene empleo, como ciertos personajes de la comedia antigua, y, sin embargo, ¡qué bien revelan aspectos verdaderos del alma humana! Lo que me fastidia es la manera solemne en que se habla y se escribe sobre Dostoyevski. ¿Te has fijado en el papel que el amor propio y el orgullo desempeñan en sus personajes? Se diría que, para él, el amor y el odio más encarnizado, la bondad y la tristeza, la timidez y la insolencia, no son más que dos estados de una misma naturaleza; el amor propio, el orgullo, impiden a Aglaya, a Nastasia, al capitán a quien Mitia tira de la barba, a Krasotkin, el enemigo-amigo de Alioscha, mostrarse tales como son en realidad. Pero hay muchas otras grandezas.
Yo conozco muy pocos libros suyos, pero ¿no es un movimiento escultórico y simple, digno del arte más antiguo, un friso interrumpido y luego continuado en el que se representan la venganza y la expiación, el crimen del padre de los Karamazov dejando embarazada a la pobre loca, el movimiento misterioso, animal, inexplicable, con el que la madre, involuntario instrumento de las venganzas del destino, obedeciendo tan oscuramente a su instinto de madre, quizá a la mezcla de resentimientos y de gratitud física por el violador, va a dar a luz en casa del padre de los Karamazov?
Este primer episodio, misterioso, grande, augusto, como una creación de la mujer en las esculturas de Orvieto. Y como réplica el segundo episodio, más de veinte años después, la muerte del padre de los Karamazov, la infamia que cae sobre la familia Karamazov por obra del hijo de la loca, Smerdiakov, seguida poco después de un mismo acto tan misteriosamente escultórico e inexplicado, de una belleza tan oscura y natural como el alumbramiento en el jardín del padre de los Karamazov: Smerdiakov ahorcándose, después de realizar su crimen. En cuanto a Dostoyevski, yo no le dejaba tanto como tú crees al hablar de Tolstoi, que le imitó mucho. Y en Dostoyevski han concentrado, todavía contraído y gruñón, mucho de los que se desarrollará en Tolstoi. En Dostoyevski hay esa tosquedad anticipada de los primitivos que los discípulos aclararán.

Marcel Proust
[1] Cuando la violación, el veneno, el puñal, el incendio…
Es, ¡ay!, que nuestra alma no es bastante animosa.

miércoles, mayo 23, 2007

Acerca de los intelectuales

Sabemos quiénes son, los vemos en programas culturales, son entrevistados en los noticieros y firman peticiones para liberar Reforma de la opresión de las masas ignorantes, una buena parte de los que así se autodenominan no lo son en absoluto; la definición del diccionario es ésta: «Aquel que se dedica al estudio de las artes y las letras». No comprendo como un abogado, un médico, un académico, muchos de los cuales excelentes lectores, pero que en su vida han pasado de la literatura convencional, puedad autodenominarse a sí mismos de esa manera.
Por otra parte en nuestro país el término está subvalorado, sólo sirve para hacer política y afirmar que se tiene la razón, por otra parte el significado original ha venido a comprenderse en nuestra indiosincracia de otra manera: intelectual es ahora el que tiene el monopolio del intelecto.
Intelectual es aquel tipo mamón que cree saber más que los demás porque ha leído unos cuantos libros, ha publicado artículos en revistas que nadie ha leído y, por supuesto, da su muy acertada opinión a cualquiera que quiera escucharlo. Todo lo cual por supuesto es rídiculo y no pasa de ser después de todo inútil.
Hablemos mejor de un fenómeno que se da a nivel mundial: la soberbia intelectual. Esto tiene mucho que ver con el monopolio del intelecto, normalmente se cree que uno está mucho más autorizado que otra persona a hablar de determinado tema porque ha recibido determinada educación y ha leído determinados libros, sin embargo todo esto no lo hace a uno mejor que el otro. Los altos estudios en una universidad prestigiosa y una tesis con un pomposo título no hacen que un hombre sepa más del tema que otro, con frecuencia se da que no sepa nada del mismo, y sin embargo por su título y su tesis se creen mejores que los demás, con derecho a pisotear a los más ignorantes que ellos, y con todo pronto son olvidados porque las opiniones de los hombres carecen de valor y son siempre efímeras.
Platón creía que lo que tenía importancia eran las ideas porque son eternas, las opiniones en cierta forma son ideas pero casi siempre superficiales y carentes de axia, lo que nos lleva a que lo único importante son los postulados universales, las ideas que no perecen con el tiempo, eso s lo que hace grandes a personajes que de ninguna manera se definieron a sí mismos como intelectuales: Homero, Virgilio, Ovidio, Platón, Ockham, Cervantes, Shakespeare, Byron, Keats, Quevedo, Dostoievski, Borges, Cortázar, etc.
Ésta, como tantas otras opiniones, carece de valor y no es absoluta, siempre puede mirarse desde otro ángulo.